miércoles, 13 de diciembre de 2017

EL HADA MÁGICA


Había una vez un hada mágica que le gustaba mucho los niños y sobre todo los mas pequeños. Ella vivía en un bosque muy bonito rodeada de luces de colores, alegres animalitos como pájaros, ardillas, conejos y muchos más.
El hada mágica sabía cuando era el cumpleaños de todos los niños y le gustaba hacerle una visita a cada uno en ese día tan importante.
Hoy es el cumpleaños de Emma, una niña que cumple dos preciosos añitos, y como es pequeña y preciosa, el hada mágica ha decidido celebrarlo con ella, pero de una forma muy especial. Ningún niño ni adulto podrán verla, pero si la podrán sentir.
Cuando todos estaban en la mesa disfrutando de una bonita tarta de cumpleaños, de pronto apareció un pequeño árbol de navidad cargadito de regalos y dulces caramelos.
- ¿Quien ha puesto este árbol aquí? Preguntó Matilda.
-No lo sabemos, respondió Emma, pero está cargado de chuches y regalos. Miremos a ver que tiene.
            Todos los niños querían acercarse. Sus llamativos colores y su alegría les transmitían curiosidad. Hasta Marcos, el niño más pequeño del cumpleaños, quiso acercarse y tocarle.
Cuando todos estaban cerca del árbol, sus ramas se movieron como invitando a que todos se acercaran a él y cogieran sus alegres y dulces regalos. Había regalos y chuches para todos. Los niños disfrutaron mucho de ese momento. Poco a Poco fue despojado de su carga y el árbol fue desapareciendo mágicamente.
            Y así de esta forma es como el hada mágica estaba en el cumpleaños de Emma, transmitiendo alegría y dulces abrazos entre todos, porque no hay nada mas bonito que compartir los buenos momentos con tus amiguitos.
            FELIZ CUMPLEAÑOS EMMA.

MARÍA PÉREZ GARCÍA.

                

lunes, 11 de diciembre de 2017

SUMIDA POR UN ENGAÑO



Aquella noche Irene quedó liberada de lo que fue una vida de engaño y sacrificio. Decía adiós a la persona con la que un día se unió y pensó que sería para siempre. Cuando se casó con Andrés estaba tan enamorada que podrían solucionar todos los problemas que vinieran.
            Al poco tiempo de casados, empezó a notar que el sueldo que Andrés debería traer a casa no llegaba, aunque él si se iba a diario a trabajar. Con el sueldo de ella cubría los gastos de su hogar.
Al poco tiempo quedó embarazada. La alegría en la pareja era infinita, pero Irene a los dos meses empezó a sentirse mal y a sangrar. Su hijo corría peligro, pero todo se podría solucionar con reposo absoluto.
Así fue. Irene se quedó en casa y Andrés se fue a trabajar, pero el dinero seguía sin llegar. Pidió explicaciones, pero éste nunca se las dio.
            Pasaron los meses y el casero no les daba ya más plazo para pagar el alquiler. Con lo poco que le daban por su baja, mal comían, pero para pagar luz y alquiler no llegaba.
Pronto se vieron en la calle sin un techo que les cobijara. Se tuvieron que trasladar al pueblo cercano de Andrés, donde su madre les dio cobijo. Irene nunca esperaba que su madre política la trataría tan mal. Le decía que era una mal criada y que el pobre de su hijo tenía que trabajar para mantenerla.
-Todas las mujeres han estado embarazadas y han trabajado. Levántate y trabaja. Le decía la suegra.
Tuvo que levantarse y trabajar como sirvienta en una casa de unos ricos señores. Allí trabajó cocinando y fregando suelos, hasta que un día un intenso dolor y un rio de sangre bajó por sus piernas. Se dio cuenta que su hijo se desprendía de ella sin vida.
¡Así fue como perdió lo único que le importaba!
 Andrés la culpaba por perderlo y decía que era una mala madre. Ella lloraba de dolor e impotencia. Pero hasta eso lo tenía prohibido.
-No llores tanto y trabaja más, ya tendrás otros. No gastes más lagrimas.
- ¡Quiero gastarlas! ¡Son mis lágrimas y las gastaré si quiero!
            Cuando Irene se recuperó pensó en seguir a Andrés y averiguar algo de su oscura y doble vida. Descubrió que era un traficante de drogas y que el dinero que cobraba se lo gastaba en juegos y mujeres, nada para su casa. Con lágrimas en los ojos pensó que algo tenía que hacer y terminar con todo aquello de una vez. Se fue a comisaría y lo denunció.
            Y fue aquella noche cuando en plena cena llegó la policía y se llevó preso Andrés. Su madre lloraba al ver a su hijo esposado y conducido a la cárcel. Entonces Irene dijo:
-No llores tanto que tu hijo seguirá vivo.
-Tu eres la que ahora tendrías que llorar.
-Ya le dije que son mis lágrimas y que las gastaré si quiero, y éste no es el momento.
 Cogió sus cosas y se fue lejos de aquella casa y de aquella familia.




MARÍA PÉREZ GARCÍA

miércoles, 8 de noviembre de 2017

RECUERDOS DE MI NIÑEZ

RECUERDOS DE MI NIÑEZ

Soy una mujer de 56 años de edad. Nací en un pueblo pequeño de la provincia de Granada llamado Castilléjar. Muchas veces mis hijas me han preguntado que por qué no escribo algo sobre mi niñez, porque, aunque parezca extraño, en estos cincuenta y seis años la vida ha cambiado mucho. Muchas cosas de las que eran muy comunes en mi niñez, ahora se ven como prehistórico. He pensado que ya que voy a contar algo sobre esa época también lo haré en la jerga que se hablaba entonces en mi pueblo.

Yo era una niña que según mi madre parece que tenía azogue, estaba siempre de un lado para otro sin parar. Recuerdo la macoca que me dio un día porque jugando di un traspajazo y esturreé todo lo que tenía el baleo. En ese momento di un rabotazo y mi madre me dijo que parecía una pajuata, que mirara bien donde pisaba. Pero la macoca me la llevé.
Me salí a la calle y me fui al laero que había capota para coger y a mí me gustaba cogerla, venderla y ganarme unas perrillas para después ir a comprarme una jícara de chocolate. Entonces los chocolates tan solo nos daban cuando estábamos enfermos, como premio por tomarnos la amarga medicina, y yo como me gustaban me las ingeniaba para ganar perras y no tener que pedírselas a mi madre. Un día mi amiga y yo nos fuimos a unos barrancos en busca de más capota, (se acercaba la feria y necesitábamos dinero) y nos perdimos porque de una boja salió una bicha fea de grande. Tanto corrimos que nos efarriamos laero abajo. Nuestro aspecto ejalichao llamó la atención de unos zagales que estaban jugando con los perros. Para reírse de nosotras nos lo futaron  y tuvimos que salir ascape de allí, pero gracias a una mujer que salió con su gallá y los pudo espantar. -¡tuuba, deja las zagalas!.
Cuando llegué a mi casa mi madre estaba enfolliná porque no sabía dónde me había ido. Yo que seguía asustada me esjaznaté llorando y mi madre me dio un cálido abrazo y un pedazo de pan con una buena engañifa por dentro. Cuando me la comí, y ya me tranquilicé me entró una galbana que no podía tirar de mi cuerpo serrano, pero mi madre seguía diciéndome que mi amiga y yo éramos dos lipendas buenas y que tendría que recortarnos el ranzal.
Como nuestra cueva estaba cerca del río, me gustaba irme a jugar con todos los demás niños y niñas del barrio, en la siesta. Mi madre no quería que a esas horas yo me fuera porque decía que iba a pillar un ojosol y me pondría enferma. Ella hacía que me acostara y atrancaba la puerta con el tarugo para que no me fuera, pero cuando se descuidaba, me iba al río. Aunque yo me preocupaba de no pillar un torazón poniéndome un moquero con nudos en la cabeza. Mis amigas no hacían nada más que guiscarme y yo terminaba por quitármelo. Recuerdo un día caluroso de verano que me dio un faratute y mis compañeros me dieron agua del jarro que guardaba mi padre en la barja. Como la barja estaba al sol y el agua dentro, cuando yo me la bebí, al rato me dio una cagueta que me iba de varetas. Al final mi madre me prohibió irme con mis amigas porque decía que eran unas pelaspigas.(persona poco seria).
            Recuerdo con alegría mi niñez, porque fue feliz. Jugué en la calle al elástico, la ralluela, el dopi, las piolas, los cromos, el pilla pilla, el escondite y muchos más. Los niños libres y sin peligro jugando mientras los mayores se reunían para hacer trabajos a pionás vueltas. Esa era la forma de pagar. Tú me ayudas, yo te ayudo. Se juntaban para esfarfollar el panizo, para las matanzas y otras tareas donde reunirse era una buena excusa para poder compartir chascarrillos, dichos y cuentos de abuelas. Recuerdo cuando mi abuela iba a mi casa y en su faltiquera siempre llevaba alguna buena sorpresa para mí, aunque fuera una naranja. Que esa era una de las mejores, aunque cuando llevaba un azafate lleno de flores dulces también me gustaba.
Cuando los mayores terminaban de esfarfollar, solía coger los zuros y fabricarme una muñeca. El pelo era el de las panochas, dos caricas para los ojos y su boca una corteza fina de patata. Muchos fueron los ratos que yo jugaba con mis muñecas de zuros. El año que los reyes me dejaron en mis zapatillas una muñeca grande de plástico y con un vestido, mis  piernas me temblaban, estaba alucinando, fui la niña más feliz del mundo.



MARÍA PÉREZ GARCÍA

Fotografía de la voz del mundo
            

miércoles, 18 de octubre de 2017

EL PRINCIPE GATUNO




Todo a mi alrededor daba vueltas y vueltas. De pronto me sentí lejos del calor de mi madre y eché de menos sus lamidos y su aliento.
Sin darme cuenta me puse a caminar, me fui lejos de casa y me perdí por el camino. Estaba muy asustado en un rincón, cuando, me cogieron unos  gamberros y me llevaron con ellos. Hicieron conmigo de todo, hasta me dieron de beber cubatas, de ahí que todo me diera vueltas. Me volvieron a dejar tirado en una placeta, mi débil cuerpecillo apenas podía  resistir, pensaba que tenía que ser fuerte, por algo los gatos tenemos la fama de vivir siete vidas. Necesitaba, con toda mi alma, a mi madre. La fortuna quiso que una niña me encontrara y me recogiera, aunque al principio se lo pensó, porque, creyó que estaba muerto, pero su amiga le dijo que aún tenía un hilo de vida.

Me llevó a su casa, me metió en una caja y me dejó en el patio hasta la mañana siguiente que vino a verme. Me lavó, me secó y me dio de comer de su mano amiga. Nos adoptamos mutuamente. Yo estaba en esa casa como un verdadero PRINCIPE. Cuando se iba al cole, la acompañaba hasta la esquina ante la mirada de algunos mocosos que querían cogerme, pero ya no me fiaba de nadie y les sacaba las uñas para defenderme. Era el gato más feliz del mundo. 
Llegaron las vacaciones y nos trasladamos a la casita de campo. Uff... No me adaptaba a estar siempre en la calle, prefería el sofá calentito. Pero poco a poco me fui adaptando al aire libre, entre tierra y polvo. Había una huerta grande, me gustaba estar al fresquito, aunque después me tocara baño. Trepaba por los árboles pero a la hora de bajar era un problema, tenía vértigo. Clara siempre me cogía, me acunaba entre sus pequeños brazos y me acariciaba. Hacíamos buena pareja.
 Un día estaba tranquilo, a la sombra de un peral, cuando oí a mi amiga gritar desesperada, corrí a ver que le sucedía, estaba muy asustada, había visto un pequeño “bichito” correr y esconderse debajo de sus juguetes. Mi buen olfato gatuno y mi instinto de cazador me hicieron estar atento y ver qué asustaba a Clara. Al cabo de un rato de estar observando, (mi apariencia parecía la de un gato dormido, pero  no era cierto, tenía un ojo abierto y el otro cerrado, para despistar un poco). Vi lo que tanto asustaba a la niña, era un ratón, Al instante mi instinto de nuevo se puso en marcha y... lo perseguí por todo el huerto hasta que ¡lo pillé!
 Estuve jugando con él un rato: lo cogía, lo soltaba, corría, lo volvía a coger y la verdad era divertido pero ¡de pronto! se quedó quieto y ya no hacía nada. Entonces no supe qué hacer con él. Si no se movía no podía jugar y entonces ya no era divertido. Lo dejé allí, inmóvil y me fui a los pies de  Clara que de nuevo me tomó en sus brazos y me acarició. Desde aquel día estuve muy atento para que ningún “bichito” de “esos” asustara a mi amiga inseparable. 


MARÍA PÉREZ

martes, 20 de junio de 2017

EXPERIENCIAS COMPARTIDAS


Nunca pensé que pasarme una semana en la playa, en un bonito y confortable hotel fuera a causa de mi trabajo y no quiero decir que sea porque mi esfuerzo y quehacer me haya permitido dicho viaje. No, mi faena es estar aquí y ahora disfrutando de todo un lujo de instalaciones y playa, pero lo más importante es la compañía. La Asociación Alcrebite (Asociación de familiares y enfermos de Alzheimer) se ha trasladado una semana a la playa. Estamos trabajando, pero es tanta la recompensa que el trabajo se vuelve placer.
Nuestros mayores tienen un duro pasado a sus espaldas, y ahora en la última etapa de la vida, la enfermedad los castiga de una manera descomunal. Creo que es una de las peores enfermedades. Que tus recuerdos se te borren es como borrarte de un plumazo de toda una vida, de la tuya. Pero mi Asociación está aquí para ayudarles y guiarles en este duro camino. Llevarlos a la playa, caminar pisando la fina arena mojada, dejar que las olas vengan acariciar sus hinchados y cansados pies, todo eso para nosotras es un placer, porque ver sus caras sonrientes ver su rostro entre sorprendido e iluminado, eso no tiene precio. Unidos en la playa sin distinción, salud y enfermedad cogidos de la mano y apoyándonos todos.
A pesar de estar presente la enfermedad, la coquetería perdura en las mujeres. El pelo no quieren que se les moje porque se despeinan y están feas. Sus uñas las quieren tener pintadas y bien arregladas, y por su puesto aquel collar de perlas que le regaló su hija, ese no se lo quitan.  Cuando llega el momento de la foto, todos se acicalan. Algunas sin su carmín en los labios no quieren estar, la foto saldría sin color.
Todos juntos y luchando, porque cuando unimos nuestras fuerzas el peso es compartido. Por la noche llega la hora de la ducha y de ponernos nuestras mejores galas para ir a cenar. Este momento es genial. Abren sus maletas y buscan entre la ropa que sus hijas le han preparado, lo que mejor les combina. La ilusión reflejada en sus caras es digna de admirar.
Pero no todo es tan perfecto, porque como ya sabemos la enfermedad está acecho, y pronto muestra su lado más oscuro. La desorientación, la incertidumbre de no estar en el lugar de siempre les rompen sus esquemas, se ponen nerviosos, se enfadan y a veces lloran. Es aquí y en este momento donde el peso entero cae en sus ya deterioradas familias, que, aunque cansadas, siguen adelante con un abrazo, una sonrisa o un “venga que estamos aquí todos contigo”. Nosotras (el equipo técnico, como nos llama nuestra presidenta) también estamos ahí en esos momentos e intentamos darles un poco de aliento a esa castigada familia, que como ya he dicho nunca se cansan, pero un soplo de aire fresco también les viene bien.
Y así entre todos, hemos pasado unos días inolvidables, porque las experiencias vividas con ellos son imborrables. El saco lo tenemos lleno de anécdotas. Anécdotas de cosas sencillas y humanas como, por ejemplo, mujeres acostumbradas a trabajar, a que nunca nadie ha hecho nada por ellas, ahora en estas vacaciones, antes de salir de su habitación hacen su cama, lavan sus toallas y friegan su habitación, porque eso de salir con la cama sin hacer no está bien.
Nos quieren agradecer siempre nuestra ayuda con lo mejor que tienen, pero lo que ellas y ellos no saben es que nuestra mayor recompensa es ver su sonrisa, verles disfrutar de cosas tan sencillas como una brisa marina, o un cálido atardecer sentados en la terraza del hotel. No necesitamos riquezas ni grandes cosas, tan solo necesitamos personas con corazón y grandes sentimientos como son los que formamos esta Asociación. ASOCIACIÓN ALCREBITE.



MARÍA PÉREZ GARCÍA


lunes, 5 de junio de 2017

UNA MENTE, UN PENSAMIENTO Y LA REALIDAD



Cuando era pequeña tenía un sueño, soñaba ser invisible, porque tenía muchas ocasiones en las que me hubiera gustado observar sin ser vista. Imaginaba que me envolvía en una gran capa negra y ya nadie podía verme. En mi clase yo no era muy popular, pasaba desapercibida, de ahí la ilusión y la fantasía, de ser invisible para poder hacer cosas con aquellas personas que no me aceptaban.
Ahora ya no voy al colegio, ya salí de la facultad y tengo mi vida un poco encaminada y unos amigos encantadores. Nos gusta reunirnos e ir a fiestas y hacer viajes juntos. Hace un par de semanas hicimos un viaje a Santiago de Compostela y tuvimos la mala suerte de tener un accidente de tráfico. El coche dio varias vueltas de campana y se quedó con las cuatro ruedas hacia arriba. Aquel día nuestro ángel de la guarda debió estar muy cerca de nosotros porque los cuatro salimos ilesos. Cuando pudimos salir entre los amasijos de hierros, todos nos abrazamos y llorábamos por lo sucedido. Pero algo raro noté, y es que mis amigos me buscaban y lloraban por mí. Decían que no me encontraban y yo allí a su lado dando saltos y diciéndoles que estaba allí a su lado. Pensé que un golpe en la cabeza debió bloquearlos y por eso no podían verme. Entonces pensé que, si un golpe los trastornó, otro quizás los sanaría. Yo con toda mi buena fe, cogí un palo que había por allí y me fui a golpear a Marta que estaba más cerca de mí. Mi sorpresa fue cuando los vi correr y gritar diciendo que un palo los perseguía.
- ¡Por dios, pueden ver el palo y a mí no! Algo está fallando. La gente llegaba al lugar del accidente y todos me buscaban, decían que había desaparecido. - ¡Pero qué barbaridad si estoy aquí! Empecé arrojar objetos y todos salieron espantados diciendo que ese lugar estaba encantado y que las ánimas del purgatorio me habían llevado. -¡Madre mía hasta donde pueden llegar las mentes! Pensé.
 Pero la situación no cambiaba, a mis amigos se los llevaron y allí quede sola, con la voz rota de tanto gritar. Me paré a pensar y llegué a la conclusión de que mi sueño de niñez se había hecho realidad. ¡Al fin soy invisible! Pensaré un plan.
No fue fácil salir de allí sin ayuda, pero me las arreglé para subir a un coche que se paró para echar un vistazo al lugar del accidente embrujado. Era muy curioso estar en un lugar y que no te puedan ver. Este matrimonio era muy corriente, no hacían nada ni decían nada interesante, la verdad es que me estaba aburriendo, tampoco podía hacer nada. De pronto pensé que un poco de música me vendría bien. Puse la radio a todo volumen. ¡Qué susto se llevaron! La bajaron enseguida incluso la apagaron, pero yo la volví a encender despacito, un poco más y a tope otra vez. Giré el retrovisor del espejo, necesitaba ver mi aspecto, pero ¡sorpresa! No vi reflejada ninguna imagen. Entonces pensé que, si para mí no servía, lo arrancaría, el caos se armó dentro del coche.
-Juan, ya te he dicho que este coche es ya muy viejo y que teníamos que cambiarlo, se le está cayendo hasta el espejo.
- nada de viejo, lo que pasa es que, por pararnos a curiosear en el lugar del accidente, que es que te gusta mucho cotillear, nos hemos traído el espíritu maligno.
Me bajé cuando vi un lugar conocido, y estuve andando por las calles y metiéndome en tiendas para probarme vestidos. Las empleadas se marcharon con un ataque de nervios, los vestidos volaban solos y entraban y salían de los probadores. Que tarde más divertida, mi sueño se estaba cumpliendo. Llegada la noche decidí entrar casa de una amiga de la infancia, la más popular de la clase. La esperé en el portal y me cole en su casa. Que piso más espectacular tenia, parece que los negocios le iban bien.
Me comí su cena, me puse sus ropas y ella, histérica llamó a su psicólogo diciéndole que tenía otro ataque de ansiedad, pero que esta vez veía moverse las cosas y desaparecer su cena. Decidí darme un baño en esa gran bañera que tenía, pero yo con el afán de mover objetos cogí el secador para enchufarlo, se me resbaló y cayó dentro de la bañera donde estaba. Mi cuerpo llevó una gran sacudida. De pronto abrí los ojos y me vi en una cama de hospital rodeada de médicos y enfermeras preguntándome que como me encontraba. Entre ellos se decían que por fin me habían recuperado. Al fondo oí una voz que dijo:

-decirles a sus amigos que de esta sale.
MARÍA PÉREZ GARCÍA

viernes, 7 de abril de 2017

UN LEGADO ADQUIRIDO


Me lo contaban, pero no lo veía, ni siquiera me interesaba. Mis juegos de niñez necesitaban toda mi atención. Eran tiempos felices. De pronto crecí y empecé a ver cosas de aquellas que escuchaba.  Ya empezaba a entender algo.
            Empecé a sufrir en mis propias carnes aquello que llamaban emigración, pero lo que nunca esperaba ni creí encontrar es que cuando despertara de una vez de ese tiempo de adolescencia y niñez, me encontrara con semejante patrimonio.
            Resulta que me han dejado una herencia de la que no puedo rechazar, ni siquiera luchar por pensar si la quiero, si me interesa o no, la tengo y hay que aceptarla. Aquel fantasma que de joven me rondó tantos años, ahora lo tengo instalado en casa y no lo puedo echar. El fantasma de la emigración me persigue, es mi herencia y la odio, pero nada puedo hacer. Día y noche me pregunto que por qué no hay un hueco para todos, ¿Por qué el mundo parece estar en contra de ver a las personas felices?    ¿porque es tan difícil encontrar tu lugar? Son muchos por qué y ninguna repuesta. Seguiré gastando este legado que una sociedad o un mundo incontrolado ha decidido dejarme. Lo gastaré con el paso de los años y solo pido que antes de que deje este mundillo por el que andamos esta dichosa herencia se haya extinguido, y cada persona encuentre su lugar en esta tierra donde todos tendríamos que tener nuestro espacio.



MARÍA PÉREZ GARCÍA